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A Waldemar Carvalho, in memoriam.

Memoriam

28 Jul A Waldemar Carvalho, in memoriam.

Politólogo Ernesto Nieto.

Llegamos con Juan Pablo a su casa de calle 19 de abril a primera hora de la tarde. Lo despertamos de la siesta. Su esposa, Pocha, nos pidió un momento y fue a buscarlo. Waldemar apareció con toda su inmensa humanidad y algún que otro bostezo. Con un short y una camiseta que seguramente solo usaba “de entrecasa” y la enorme cabellera blanca un poco despeinada. Sonrió y nos dio la bienvenida con un ¿qué andan haciendo a esta hora? Nos saludó como siempre, con una recta educación, pero con una amplia dosis de ternura y humanidad que le salía por los ojos.

Nosotros le íbamos a pedir un favor, por ese entonces Waldemar tenía quizás el único ejemplar de “La ética protestante y el espíritu del Capitalismo” de Weber
que había en Salto y alrededores. Waldemar algunos libros no los prestaba. Esa era la única edición disponible en nuestra lengua, de una editorial española cara e inaccesible para pobres estudiantes universitarios. ¿Y para qué lo quieren? Es que el profesor de Sociología Luis Barrios nos mandó a leerlo entero y la ficha de la fundación solo tiene un par de capítulos. Barrios nos dijo que usted tenía el libro ¿Así que Barrios se los mandó entero? Pah…

El comedor de Waldemar era como su vida, una biblioteca inmensa y llena de todo tipo de libros. Algunos de una preciada antigüedad. Otros más nuevos. Los libros se amontonaban en todas partes. En medio de los libros un decorado rústico y allí en una esquina dos platos de cerámica. Platos rusos. Uno con Stalin. Otro con Lenin. Waldemar era comunista. Declarado. Convencido. Ilustrado. En el medio de la conversación el notó que yo miraba de manera frecuente los platos. Si Nieto es Stalin. Hay que leer toda la historia para comprender el valor de cada hombre en su momento me dijo, y seguimos hablando. A Waldemar le parecía maravilloso que hubiera algunos alumnos de Ciencia Política en Salto. Eso es el futuro decía con su voz grave como del más allá.

WALDEMAR.JPGHacía unos meses nos había dado algunas clases como “asistente” en Historia de las Ideas en el primer semestre. Todo un desperdicio como tantas cosas de nuestra educación. Waldemar sabía más que cualquiera de sus “superiores” en esa cátedra, pero con una humildad estoica se conformaba con ese lugar. Nos dio una magistral clase sobre Maquiavelo. Cuando terminó le hice un par de preguntas y me dijo le voy a traer un libro que lo va a ayudar a entender la importancia de ese hombre. Hasta el día de hoy tengo la fotocopia del Maquiavelo de Quentin Skinner son los subrayados y anotaciones de Waldemar.

Pero a Waldemar ya lo conocíamos desde antes de la universidad. Nos había sufrido en quinto de Liceo con un programa tan atrapante como interminable para nuestros 16 años. Waldemar nos enseñaba lógica. Ponía todo su esfuerzo en que comprendiéramos ese proceso central en la elaboración del conocimiento humano. Y al final algo entendimos. Pero solo algo y poquito. Waldemar era mucho más exigente consigo mismo que con nuestro desempeño estudiantil.

Cuando me fui a estudiar a Montevideo a Waldemar lo visité un par de veces. Y cuando volví un par de veces más. Tenía la misma mirada intensa y afectuosa. La voz grave pero suave. La misma piadosa curiosidad con nuestros espíritus jóvenes y un poco altaneros. ¿Y cómo te va en la facultad? Siempre se interesaba por los estudios, los programas, los autores. Y siempre hablábamos de política, era imposible no hacerlo con él.

Waldemar era marxista. Puro. Sin ningún prejuicio en sostenerse como materialista histórico y dialéctico. Y eso que vivíamos en los noventa, ya se habían caído varios muros del Este. Algunas veces, quizás demasiadas, se callaba. Sabiendo que ese silencio decía mucho.

¿Qué es lo que le da valor a un hombre? ¿Y qué es lo que le da valor a un hombre que además es profesor? Sean cuales sean los atributos estoy seguro que Waldemar los tenía en dosis amplias y generosas. Lo conocí mucho menos de lo que hubiera sido necesario, pero lo suficiente para saber que allí había mucho por enseñar y que una mínima parte de eso la llevamos atesorada.

Esa vez nos terminó prestando el libro aun sabiendo que lo íbamos a fotocopiar y su cuidada edición sufriría algunos daños. Pero nos prestó el libro porque el padre de Juan Pablo era un camarada de toda la vida. Y para Waldemar un camarada era eso, un camarada.

  • Publicado en diario El Pueblo, Salto, 28 de Julio de 2016
Politólogo Ernesto
Politólogo Ernesto Nieto
ernesto@agora.com.uy